El tianguis
- raquelortizart

- hace 2 días
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Hay algo en el tianguis que no cabe en ninguna tienda formal, es una coreografía viva, un tejido que se arma y desarma cada semana como si la ciudad respirara por ahí.
Ir al tianguis es entrar en otra lógica del tiempo. No hay prisa lineal, sino una especie de espiral donde puedes detenerte a mirar un objeto sin nombre, escuchar una conversación que no te pertenece o descubrir que aquello que no buscabas termina encontrándote. Un lugar donde todos los sentidos se estimulan.
Cada puesto es un pequeños universo. En uno, montañas de ropa que han tenido otras vidas; en otro, herramientas que parecen haber esperado décadas a la mano correcta. Hay frutas que huelen a sol, discos que guardan memorias ajenas, juguetes que cargan la nostalgia de alguien más. Todo está cargado de historias, aunque nadie las cuente completas.
Pero quizá lo más poderoso del tianguis es su dimensión humana. La voz que anuncia, el regateo que no es solo precio sino vínculo, la risa compartida con un desconocido. Hay una inteligencia colectiva en ese intercambio: una forma de economía que no es fría, sino profundamente afectiva.
Para quien crea, el tianguis es también un archivo. Un lugar donde las ideas no llegan como conceptos abstractos, sino como texturas, colores, frases sueltas, combinaciones improbables. Es ver cómo el mundo se reorganiza sin pedir permiso, cómo lo cotidiano se vuelve extraño si se mira con otros ojos.
Para mi visitar el tianguis no es solo ir a comprar. Es ir a afinar la mirada. A recordar que el valor no siempre está donde nos dijeron que debía estar. A entrenar esa intuición que reconoce belleza en lo inesperado.
Tal vez por eso uno vuelve. No por lo que necesita, sino por lo que podría aparecer.
























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